A... DIOS PASTUSOS
A... DIOS PASTUSOS

Superando los limites estereotípicos del sombrero de paño y la ruana de cuadros, a sido este pueblo pastuso vigilado por el imponente patón del Valle de Atriz, quizá el único capaz de hacer sudar sangre en el olvido de las batallas, a los inconfundibles hombres de palabra y estatua; Bolivar y Nariño.
Corre por las cabezas de algunos interesados en el destino de la historia, la pregunta responsable de nuestra identificación: ¿Qué mentes fueron capaces de multiplicar en voces de eco la defensa de la causa real española?, eso es precisamente el objeto de nuestra posición.
La religión, con el perdón de sus simpatizantes se ha hecho dueña del título nobiliario de agente manipulador. El dedo índice derecho de la mano de Dios se traslado de los confines del universo, hasta la lengua de los dignos representantes de su casta en la tierra; los señores de sotana y el Rey. No sería el caso contrario para Pasto y su época de redención.
Fue Pasto un territorio enclavado en un pliegue de los Andes inmensos “lejos del mundo entero”, donde su condición geográfica le impedía la escasa posibilidad de que penetraran por en medio de los cañones y montañas las ideas revolucionarias de la ilustración. Como decían mis “amigos” de la Edad Media, era más fácil que pasara un camello por el ojo de una aguja, que llegara una carta sana y salva a territorio Nariñense. La ideología y los afanes de revolución se quedaron enredados en los picos de la espada y las puntas de lanza de los arcabuces del ejército patriota. Sus ideas afanosas de libertad, fraternidad y orden legadas por la Revolución Francesa no asomaron su rostro por estas tierras sino hasta el año de 1824, cuando finalmente el pueblo pastuso se vio obligado a desaparecer. Los próceres de la Independencia se olvidaron de dirigir sus aspiraciones hacia un horizonte ideológico que permitiera convencer de la validez de sus peticiones. Penetraron por la fuerza y no se tomaron el tiempo suficiente para hacer su revolución desde la conciencia. Así pues nuestro territorio estaba desprovisto de una clase dirigente ilustrada en principios revolucionarios, no existían las condiciones políticas ni sociales que generaran movimientos independentistas.
En una sociedad en donde reinaba la ética, los principios, la moral y la exagerada religiosidad encaminada a la justificación de la causa única e irrefutable, sería imposible entender los deseos de sublevación que querían integrar las masas de la reivindicación patriota.
La religión y las órdenes impartidas desde el púlpito eran cumplidas por convivencia y conveniencia, el delegado de los cielos estaba presente en la tierra en persona del Rey Fernando VII, ¿Cómo podríamos imaginar entonces, una sublevación al señor de los señores representante de la voluntad divina?, lo que es bueno para el Rey, sería por inmediación bueno para Dios.
Era tal la ambigüedad a la cual se sometían nuestros hermanos, que dudaron en seguir el camino de la felicidad suprema para la senda de los cielos y contemplando la legitimidad y la naturaleza de la monarquía encausada a la sagrada aplicación de los deberes de la iglesia, ó sumarse a las filas de la represión, el desastre y la violencia protagonizada por el ejército patriota. En verdad fue esa la única forma como la causa patriota fue identificada en nuestro territorio. En premio a la tenacidad, ferocidad y fortaleza de este pueblo recibimos de mano de los ilustrados: saqueo profanación, violaciones, humillación, y lo que es peor, nos torturaron la dermis con una etiqueta de ingenuidad, estupidez y sumisión, por defender de las dos anteriores la causa más justa a su libre elección.
Fueron nuestros ejércitos los más temibles, los más firmes y los más desprovistos de un suculento material bélico, hicieron de su causa un himno, de su Dios la bandera y de su territorio la musa más hermosa para salvaguardar y defender.
¿Cómo pretendían entonces que defendiéramos la libertad “absoluta” que a voz del viento corría por el territorio nacional, si su único ideal sin escaparse el general Bolivar, fue la violenta y la destrucción para este territorio de bárbaros a sojuzgar?.
Pues bien, nos quedamos con el cura, las limosnas, el Rey y su santidad; preferimos defender la corona y seguir siendo serviles a la no menos cruel institución belicosa, ¡perdón!, Religiosa.
Hoy la ambigüedad aún existe, ¿Cómo podemos enjuiciar el desprecio por las armas insurgentes, si al igual que el ejército dejaron fundir su piso ideológico y lo único que promulgan es muerte y desolación?, de su bandera roja no queda sino la sangre.
Sé que muchos de los Colombianos están como el armadillo golpeado en la carretera pedregosa de mi estancia sin saber por donde seguir y sin saber a quien odiar más, si a la llanta del carro que aplastó su cabeza, o al terreno pedregoso que le impidió avanzar con velocidad.
¿Somos Colombianos en actitud de los pastusos del siglo XIX que preferimos ser guiados por la mano oscura del Uribismo?, ¿O somos Colombianos patriotas que nos sumamos a la sangrienta conquista del poder, sin legitimidad social, de los grupos armados?.
¿Usted que haría?, pensemos entonces que nuestro pueblo no fue del todo INBECIL, probablemente ninguna de las dos vías que nos ofreció la historia era la más adecuada y la más libre de atrocidades. Hoy por hoy la situación se ve igual, la conciencia nos llama a entender que ninguna supera a la otra, nuestro reto es entonces construir la alternativa de la solución.
Fue esta tierra del feliz Agualongo la primera en defender la “justa causa” de la corona y la última en abandonarla, que quiso ejercer su autonomía y su derecho de vivir en soberanía, por eso y desde el día de la derrota final que significó para Bolívar la victoria en su vida de libertades, es que somos PASTUSOS IGNORANTES.
Bolívar odió esta tierra como la expresión misma del aborto en la nación Colombiana y desearía no haberla pisado, quizá se revuelque en su tumba, pero él HUBIESE QUERIDO QUE EL Dios DEL DICCIONARIO LE PERMITIERA BORRAR DE SUS LINEAS, EL TERMINO QUE DE SOLO ESCUCHARLO HACIA RECHINAR SUS DIENTES, A... DIOS PASTUSOS.

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